Fue una noche oscura y tormentosa,
bebía solo junto a la ventana abierta.
Mi garganta quería gritar,
pero no podía—
¿de qué sirve un grito sin voz en el vendaval?
Cuando miré tus ojos aquella vez,
sentí la contención… la duda.
Cariño, ¿no me recuerdas?
¿O es más fácil dejarlo todo ir?
Nuestros corazones latían al unísono,
nos abrazábamos— el mundo nos pertenecía.
La lluvia sigue cayendo, testigo silencioso.
Decíamos: “Nada dura para siempre,”
y sí—todo puede cambiar.
Teníamos razón, la lluvia no cesa,
siento el dolor en mi pecho.
Esta casa vacía solo amplifica
la herida de aquel adiós.
Esa… fue la tormenta de verdad.
Sé que pertenecemos juntos—
esa es la verdad que guardo.
En esa noche tormentosa,
te amé más de lo que puedo explicar.
Te amé…
sé que aún nos pertenecemos.