Canción
Los Zapatos del Domingo
Hay recuerdos que no viven en las fotografías. Viven en el olor de la grasa para zapatos, en el sonido del cepillo sobre el cuero y en esos pequeños rituales que nuestros padres repetían cada sábado sin hacer mucho ruido. "Los Zapatos del Domingo" es un poema sobre la dignidad, la memoria y esas lecciones silenciosas que muchas familias transmitieron sin necesidad de decir una sola palabra. Si alguna vez viste a alguien lustrar sus zapatos antes del domingo... quizá este poema también sea un poco tuyo.
La palabra
Letra
Los Zapatos del DomingoHabía un ritual sagrado los sábados por la tarde, cuando el sol ya se escondía detrás de los cerros y el aire empezaba a enfriar.Mi padre sacaba una vieja caja de madera. Adentro dormían los cepillos de cerda, la lata de grasa y un pedazo de franela gastada.Era la hora de preparar los zapatos del domingo.Respira...Huele a cera, a solvente, a queroseno. Un olor fuerte que se mezclaba con el caldo hirviendo en la cocina y que, desde entonces, para mí siempre ha olido a hogar.El trapo enrollado en el dedo, dando vueltas sobre la grasa. Luego el cuero, rayado por el polvo de la semana.Talla... talla...Hasta que aquel zapato cansado volvía a brillar como agua negra bajo la luna.Ese brillo era nuestro pequeño lujo.El domingo todo cambiaba.La ropa olía a jabón de pasta y a plancha caliente. Los zapatos estaban duros, apretaban el talón, pero te obligaban a caminar distinto.Con la espalda derecha.Escucha a la gente rumbo a la plaza.Tack... tack... tack...Las suelas golpeando la piedra del templo.Un sonido limpio, tranquilo, como si cada paso dijera:"Aquí seguimos."Aunque el lunes regresaran las botas de hule, los tenis rotos o los huaraches gastados.En mi casa, los zapatos del domingo nunca fueron para presumir.Eran para conservar la dignidad.Podías traer el pantalón remendado, la camisa deslavada por el sol...Pero los zapatos tenían que estar limpios.Era nuestra manera de decirle a la vida que el trabajo podía cansarnos...pero no derrotarnos.Que el polvo del camino se quedaba en las suelas...y no se nos subía al alma.Hoy tengo un clóset lleno de zapatos cómodos. Suaves, caros, hechos para caminar sin esfuerzo.Y, sin embargo...A veces siento que les falta algo.Por eso, algunos sábados todavía saco un cepillo viejo, abro una lata de grasa que huele a infancia y me pongo a lustrarlos despacio.Porque mientras el cuero vuelve a sacar brillo...también lo hacen los recuerdos.Y por un instante, vuelven a caminar conmigo aquellos hombres de mi sangre...que con las suelas gastadas, pero los zapatos siempre limpios,me enseñaron que la dignidad...también se podía lustrar.