Canción
Cuando Dejamos de Correr
Hay un momento en la vida en que dejamos de correr. No porque el camino termine, sino porque por fin aprendemos a escuchar el mundo que siempre estuvo ahí. Un poema original de MicroSuspiros sobre el paso del tiempo, la calma y esa extraña paz que llega cuando dejamos de vivir con prisa. Si alguna frase te encontró en el momento indicado, compártela con alguien que necesite escucharla
La palabra
Letra
Cuando Dejamos de Correr
Corrimos tanto...
Corrimos por calles de asfalto cuarteado,
esquivando charcos y faroles apagados,
con el pecho ardiendo
y la mirada clavada en un horizonte
que siempre se alejaba otros tres pasos.
Creíamos que el viento golpeándonos la cara era libertad.
No.
Era pura prisa.
Pero un día...
el cuerpo se cansa.
Y dice:
**hasta aquí.**
Te detienes a media calle.
Frenas de golpe.
Quédate un momento ahí.
Siente ese primer instante.
El aire entra áspero,
raspando la garganta,
con sabor a polvo,
a metal,
a todo el esfuerzo que llevabas cargando.
El sudor empieza a enfriarse sobre las sienes,
dejando un rastro de sal en la piel.
La camisa húmeda se pega a la espalda,
como un abrazo que ya no sabes si consuela...
o pesa.
Escucha.
Poco a poco desaparece el silbido del viento en tus oídos.
Y entonces escuchas algo que llevaba años esperando su turno.
Tu corazón.
Pum...
Pum...
Pum...
Pesado.
Paciente.
Como si también quisiera recordarte
que nunca nació para vivir corriendo.
Y luego aparece el mundo.
El crujido de las hojas bajo los zapatos.
El goteo lejano de una llave.
La conversación de unos vecinos
que ya están poniendo la mesa.
Siempre estuvo ahí.
Solo que tú ibas demasiado rápido para escucharlo.
De jóvenes corremos porque creemos
que la tristeza tiene las piernas cortas.
Pensamos que, si aceleramos lo suficiente,
la soledad nunca nos va a alcanzar.
Qué equivocados estábamos.
La nostalgia no corre.
No lo necesita.
Camina despacio,
con una paciencia infinita,
y tarde o temprano...
termina sentándose a tu lado.
Cuando por fin te detienes,
la polvareda que levantaste empieza a caer.
Y en ese silencio,
por primera vez en mucho tiempo,
miras tus manos.
Cansadas.
Pero firmes.
Sientes la tierra bajo tus pies.
Húmeda.
Pesada.
Real.
Como si también ella hubiera estado esperándote.
Y entiendes algo
que de joven habría sonado a derrota,
pero que con los años sabe a paz.
No hay una meta esperándonos al final del camino.
No hay medallas
para quien llega primero a ninguna parte.
Solo existe este paso.
Y luego el siguiente.
Este aire frío llenando los pulmones.
Este instante.
Porque al final...
el camino no se conquista.
El camino...
simplemente...
se camina.